Lo que se ha descubierto en Teuchitlán, Jalisco, no puede ser reducido a un titular más. En un país con más de 110 mil personas desaparecidas, el hallazgo de restos calcinados, montañas de calzado y relatos de tortura organizada nos coloca frente a una de las verdades más incómodas de nuestra época: la humanidad no ha aprendido del pasado.

Cuando el mundo descubrió los campos de exterminio nazis tras la Segunda Guerra Mundial, se juró que nunca más se permitiría algo similar. Pero hoy, en pleno siglo XXI, los rastros del horror han reaparecido, no en Europa del Este, sino en el corazón de México. Y mientras los gobiernos discuten terminología, las víctimas —y sus familias— siguen esperando justicia.

No se trata solo de semántica. Llamar a las cosas por su nombre es el primer paso para frenarlas. Un campo donde se tortura, ejecuta y desaparece a seres humanos con sistematicidad, bajo el control de estructuras criminales, no es otra cosa que un dispositivo de exterminio. Lo documenta The New York Times. Lo denuncian los colectivos de búsqueda. Lo viven, día a día, quienes siguen escarbando la tierra con las uñas.

Negarlo, minimizarlo o esconderlo tras tecnicismos no solo prolonga la impunidad. Repite el patrón más oscuro del siglo pasado: mirar hacia otro lado mientras el horror ocurre a la vista de todos. La historia no absuelve a los indiferentes.

México no necesita silencio ni eufemismos. Necesita verdad. Y la verdad es que permitir que se instale la lógica del exterminio —por el poder, el control o la complicidad— es abrirle la puerta a los fantasmas que dijimos haber superado. La humanidad, toda, debe tener memoria. Y con ella, exigir consecuencias.


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